Hace varios días vengo pensando en las cosas que pasan y que con el tiempo nos vamos olvidando porque seguimos con nuestras vidas. Claro está que para que eso suceda no debemos ser protagonistas. En particular, me afectó el derrumbe del edificio de Bartolomé Mitre al 1200 en Buenos Aires. Vivo en un edificio y soy muy hincha pelotas con mis cosas. Compro libros y les escribo cuando los compré, si me los regalaron pido el recordatorio, tengo todo en cajitas, en bolsitas y en sobres. Recuerdos, regalos, ropa, toda mi vida universitaria clasificada en cajas desde el ingreso a la facultad, todas mis plantas y mis tuppers. Son miles de pequeñas cosas que no tienen validez monetaria, pero altamente emocional. Hasta la computadora. Pueden parecer cosas sin sentido, pero es la vida de alguien (en este caso la mía).
Cuando se derrumbó el edificio pensé que en cualquier momento podía pasarme.
Este año terminaron de construir un edificio al lado de éste y una tarde noté que la pared de la cocina se había rajado porque los cerámicos estaban partidos al medio. Esa misma semana tuvimos una reunión de consorcio, denunciamos al edificio de al lado, vino la escribana a sacar fotos de las grietas y contratamos a una empresa que se encarga de análisis de estructuras para que nos diga si corríamos riesgos. PERO HASTA QUE SE CAYÓ EL EDIFICIO DE BARTOLOMÉ MITRE NO TOMÉ VERDADERA CONSCIENCIA DE LA GRAVEDAD DE LO QUE ESTABA SUCEDIENDO.
Años de sacrificio para comprar el departamento (obvio que no lo compré yo, es de la familia), y tantos gestos de corazón para llenarlo que no me puedo imaginar el dolor de que te golpeen la puerta un día y a las horas tengas que dormir en el hogar de indigentes. Eso sin tener en cuenta al pobre hombre que posiblemente no escuchó que desalojaban al edificio y a los días lo encontraron entre los escombros.
Otro caso que vive en mí es el caso Pomar. Resulta que una familia iba en auto para la casa de los familiares, pero nunca llegaron a destino. Los encontraron varios días después entre unos matorrales a todos muertos. Lo peor de todo es que la madre no murió en el accidente, por lo que en una de esas podían salvarle la vida.
Soy de un pueblo que queda a 36 km al sur de la capital tucumana, por lo que una vez a la semana voy a ver a la familia y siempre, pero siempre, me acuerdo de los Pomar. La ruta está llena de matorrales y no puedo dejar de pensar que en unos parecidos a esos murió una familia.
Pero las rutas siguen igual y después de los Pomar no cambió nada y sigue muriendo gente.
Por último, no dejo de tener presente a Sofía Herrera. ¿Cómo puede una nena de tres años desaparecer de un camping y no aparecer nunca más?
Miro a mi sobrino, que en febrero va a cumplir dos años y se me cruza Sofía con el dolor de ella misma (que ahora debe tener seis años) y el de sus padres y familiares que sufren su ausencia. No puedo imaginarme que un día nos falte. No hay más que escribir sobre el robo de niños que explique el dolor de la familia.
Sufro mucho por la realidad de algunas personas en el mundo. En particular, hoy escribo sobre estos tres casos que tengo muy presentes y pido que Dios, el cielo, el destino, las personas o lo que sea, los ayuden.


1 comentarios:
Concuerdo, no deberíamos acostumbrarnos en absoluto. Se trivializan tanto a veces las noticias, es tan vertiginoso el lapso en que nos bombardean desde los medios con la misma cuestión, y de repente el silencio, llega a lindar lo siniestro...
Lo bueno es que exista gente como vos que no pierde la memoria y que trata de ponerse en el lugar del otro (que, como decís, puede ser cualquiera, ellos, vos o yo). Creo que aunque parezca algo menor, no deja de hacer la diferencia.
Beso.
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